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Author: Eureka

La presión sobre David Cameron para forzar la salida de la Unión Europea aumentó a medida que la situación económica en Reino Unido empeoraba. La crisis de deuda de 2008 obligó a realizar intensos ajustes presupuestarios que, combinados con la deslocalización de algunas industrias y los cambios en el mercado de trabajo introducidos por la revolución tecnológica, permitieron la propagación de propuestas políticas de corte populista que pretendían dar solución a la crisis y paliar la creciente desigualdad social. Recobraron entonces protagonismo político conceptos identitarios hasta entonces marginales que, elaborados y manipulados por políticos nacionalistas, fueron aprovechados durante la crisis de refugiados de Oriente Medio de 2015 para acabar de convencer a una mayoría de británicos de que vivirían mejor fuera de la Unión. La recuperación plena de su soberanía nacional era, según ellos, la solución a todos sus problemas. Con ella dispondrían plenamente de sus propios recursos económicos, y cerrarían sus fronteras a los extranjeros, que ya servían de chivo expiatorio en un discurso cada vez más xenófobo.

Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

América primero, pero los demás también”. Este es el enrevesado mensaje que ha lanzado el presidente de Estados Unidos desde Vietnam en el encuentro de APEC, el foro de cooperación económica Asia Pacífico. Por un lado, Trump mantiene a miles de kilómetros la idea fuerza que convenció a sus votantes y le llevó a la Casa Blanca y, por otro, parece querer ofrecer una explicación racional al resto de líderes mundiales acerca de por qué es compatible su visión nacionalista con una creciente colaboración internacional, incluso en cuestiones económicas. Esta es la base de su propuesta comercial: no queremos acuerdos multilaterales porque implican reglas comunes y ello afectaría negativamente a sectores económicos nacionales no competitivos; buscamos negociar acuerdos bilaterales para proteger al máximo nuestras industrias más débiles, y ustedes pueden hacer lo mismo.

Es muy habitual escuchar que la política exterior de Donald Trump es una anomalía inesperada y resulta inclasificable entre todas las tradiciones ideológicas de la historia estadounidense. Nociones como “la Doctrina de la Retirada”, o “leaving from behind” (abandonando desde atrás, en contraposición a “leading (liderando) from behind” tratan de explicar el comportamiento aparentemente caótico e impredecible de cara al exterior del Presidente de Estados Unidos. Sin embargo, académicos como Walter Russell Mead llevan muchos años analizando los principales enfoques norteamericanos en relaciones internacionales, y éstos pueden ayudar a clarificar la política que se implementa hoy. Mead clasifica estas tradiciones en cuatro corrientes: Jeffersonianismo, Hamiltonianismo, Wilsonianismo, y Jacksonianismo. A ésta última le otorga el nombre de Andrew Jackson, presidente entre 1829 y 1837, y cuyo retrato al óleo comenzó a ocupar un lugar destacado del Despacho Oval desde el 20 de enero de 2017, fecha en que Donald Trump tomó posesión de su cargo.

El nacionalismo se manifiesta con fuerza en Europa en la segunda mitad del siglo XIX mediante la unión de regiones o antiguos reinos, y su transformación en nuevas entidades políticas de mayor extensión geográfica. Las regiones agrupadas que formaban las nuevas naciones compartían generalmente rasgos históricos y culturales debido, entre otras razones, a su cercanía geográfica. Así surgieron Alemania o Italia. Pero el término también se aplica a la ideología que destaca el apego a la propia tierra a costa del desprecio por el extranjero, aunque este es un fenómeno político en claro retroceso en el siglo XXI, con la excepción del rebrote surgido en simbiosis al fenómeno populista en algunos lugares de Europa y América en los últimos años. Este nacionalismo resulta especialmente anacrónico, dado que busca recuperar la preeminencia de un sistema de naciones-estado que surge de manera oficial en Westfalia en 1648, pero que de forma natural se diluyó en algunos aspectos tras la Segunda Guerra Mundial para dar paso a un sistema de colaboración más estrecha entre naciones. Esta evolución en el sistema político internacional surgido en 1945 buscaba la consecución de ciertos fines comunes a todos los estados involucrados, tales como la paz, la autodeterminación de los pueblos colonizados, y el desarrollo económico.

Hace tan solo unos días tuvo lugar en Nueva York la 72a Asamblea General de Naciones Unidas, y los delegados de cada país miembro pudieron comprobar cómo el Presidente de Estados Unidos elegía pronunciar, en su primera intervención en dicha sede, un discurso más propio del periodo de entreguerras mundiales que del posterior al mismo. Trump enfatizó el retorno a la soberanía plena de los estados y el interés nacional, precisamente ante la principal organización que Estados Unidos y sus aliados impulsaron en 1945 con el fin de alcanzar una colaboración interestatal más estrecha y lograr dejar atrás las guerras entre naciones desarrolladas y la explotación de los pueblos más pobres del planeta.

Corea del Sur produce anualmente un PIB cincuenta veces mayor que su vecino del Norte, con una población tan solo dos veces mayor. Estas magnitudes complican aún más las difíciles relaciones entre ambas naciones, cuyos ciudadanos observan cómo el creciente distanciamiento económico y el consiguiente...

El orden global creado y liderado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial buscó desde sus inicios mantener la paz y la prosperidad por medio de la cooperación multilateral y la promoción de la libertad, tanto política como económica. La esencia del nuevo sistema era el comercio mundial. Se trataba de lograr el aumento de los flujos de bienes y servicios entre países mediante el descenso de las barreras fronterizas y la estabilidad de los tipos de cambio entre divisas. Para tal fin fueron creados el FMI, el Banco Mundial, y los acuerdos sobre reducción de aranceles que dieron lugar a la OMC. El esquema planteado en Bretton Woods era acertado y, a pesar de las adaptaciones que ha necesitado, ha sido la plataforma desde la que gran parte de la humanidad ha logrado despegar y obtener elevadas cotas de crecimiento económico sostenido y seguridad.

Tras dos intentos de golpe de estado en 1992, Hugo Chávez logró la presidencia de Venezuela en las elecciones de 1999 e implantó lo que él mismo denominó como “Revolución Bolivariana”. Su proyecto político tenía como objetivo un socialismo “adaptado al siglo XXI”. Ese mismo año se convocó una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de redactar una nueva Carta Magna, y la República de Venezuela pasó a denominarse oficialmente “República Bolivariana de Venezuela”. El país ha continuado siendo desde entonces nominalmente una democracia, pero las medidas impulsadas por el nuevo gobierno para limitar la capacidad de respuesta de la oposición, controlar los distintos poderes del estado, y adquirir la voluntad de una mayoría con cargo al presupuesto público, han convertido paulatinamente a Venezuela en una nación sometida a un régimen técnicamente iliberal y, por lo tanto, no realmente democrático.

Los recientes ataques en Reino Unido y Bélgica, junto con la detención de un militante del DAESH en Madrid, generan la sensación de que la amenaza terrorista en Europa ha adquirido una dimensión sin precedentes. Sin embargo, y aunque es cierto que el número de atentados ha crecido recientemente, es conveniente observar el fenómeno desde una perspectiva histórica.