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Tribunas del autor

“Compra estadounidense y contrata estadounidense”, la frase pronunciada por Trump el 20 de enero en su discurso inaugural, fue toda una declaración de intenciones. Dicen que el texto lo escribió Steve Bannon, su asesor principal e ideólogo de cabecera. El mensaje es inequívoco y además muy coherente con las ideas de un Bannon que se define a sí mismo como “nacionalista económico”.

Donald Trump asume la presidencia de los Estados Unidos con una economía muy recuperada: el crecimiento del tercer trimestre anualizado alcanzó el 3,2%, y la tasa de desempleo cayó en noviembre hasta el 4,6%. Sin embrago, si quiere optar a la reelección, Trump deberá afrontar con solvencia el grave problema de la creciente desigualdad y el estancamiento de las clases medias.

Donald Trump ganó las elecciones el pasado 8 de noviembre por el apoyo recibido en cuatro estados habitualmente demócratas: Michigan, Wisconsin, Pensilvania y Ohio. Han sido votantes del medio rural allí y en todo el país, sin estudios superiores y con empleos rutinarios, y que han visto estancados sus ingresos reales durante décadas mientras el crecimiento del PIB beneficiaba cada año a otros estratos sociales. Es por tanto la creciente desigualdad la que parece haber llevado a la presidencia, paradójicamente, a un multimillonario.

Para poder entender la situación actual en Cuba conviene retroceder, al menos, hasta 1898. En esa fecha, Estados Unidos era ya la primera potencia económica mundial y contaban con una nutrida flota de buques de guerra que, a las órdenes de un Gobierno federal con crecientes poderes frente al Congreso, debía ser el eficaz instrumento de ampliación colonial para unas élites con evidentes deseos de expansión territorial.

Las medidas anunciadas para los cien primeros días de gobierno Trump no comportan todavía cambios significativos en las formas ni en las propuestas del presidente electo.  El lenguaje utilizado mantiene el carácter nacionalista y poco riguroso de su campaña y defrauda las expectativas de aquellos que confiaron en que el tono del discurso de la noche electoral sería ya permanente.