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El lugar de Cataluña en el mundo

El lugar de Cataluña en el mundo

El nacionalismo se manifiesta con fuerza en Europa en la segunda mitad del siglo XIX mediante la unión de regiones o antiguos reinos, y su transformación en nuevas entidades políticas de mayor extensión geográfica. Las regiones agrupadas que formaban las nuevas naciones compartían generalmente rasgos históricos y culturales debido, entre otras razones, a su cercanía geográfica. Así surgieron Alemania o Italia. Pero el término también se aplica a la ideología que destaca el apego a la propia tierra a costa del desprecio por el extranjero, aunque este es un fenómeno político en claro retroceso en el siglo XXI, con la excepción del rebrote surgido en simbiosis al fenómeno populista en algunos lugares de Europa y América en los últimos años. Este nacionalismo resulta especialmente anacrónico, dado que busca recuperar la preeminencia de un sistema de naciones-estado que surge de manera oficial en Westfalia en 1648, pero que de forma natural se diluyó en algunos aspectos tras la Segunda Guerra Mundial para dar paso a un sistema de colaboración más estrecha entre naciones. Esta evolución en el sistema político internacional surgido en 1945 buscaba la consecución de ciertos fines comunes a todos los estados involucrados, tales como la paz, la autodeterminación de los pueblos colonizados, y el desarrollo económico.

La corriente nacionalista catalana está basada en un sentimiento que reclama la existencia de un hecho diferencial que legitimaría el objetivo de independizar políticamente a Cataluña del resto de España. Esta base ideológica que, aunque legítima, resulta discutible, no parece suficiente para establecer un paralelismo adecuado con casos como el de Quebec o Escocia. El contexto histórico catalán y su recorrido como parte de la nación española le sitúan en un entorno más similar al de regiones europeas como Bretaña o Baviera, aunque sin resultar tampoco totalmente equiparables. Pero son situaciones similares en tanto que sus ciudadanos tuvieron hace siglos una historia reseñable como comunidad humana y que, en la edad contemporánea – en el caso de Cataluña y Bretaña mucho antes – valoraron también su historia común junto a otras regiones, de modo que el encaje en una entidad política superior resultaba una oportunidad lógica más que una amenaza.  ¿Cuál es entonces la diferencia fundamental entre los casos citados que permite a Francia y Alemania convivir sin tensión? En términos globales, Cataluña no goza de un nivel de autogobierno inferior al de las otras dos regiones, por lo que el problema planteado en la actualidad no puede atribuirse a la ausencia de suficientes competencias político-administrativas. Quizá la respuesta se encuentre en una combinación de los efectos de la gran recesión de 2008 y el desencuentro entre la clase política provocado por la preponderancia de intereses personales en la acción de algunos líderes locales.

Porque tras las últimas elecciones autonómicas quedó suficientemente claro que no existe una mayoría nacionalista en Cataluña, y sin embargo sus líderes han entablado un pulso con el Estado que ha requerido la realización de un esfuerzo de planificación y comunicación, y la asunción de unos riesgos jurídicos personales, que no son comprensibles en un contexto de clara ausencia de un mandato popular aplastante o una legitimidad legal evidente. Por tanto, no se puede descartar que la actitud actual del gobierno autonómico tenga relación con cuestiones de índole meramente personal.

La solución a esta situación no resulta fácil. En el caso de que Cataluña se proclamara independiente y lograra sus objetivos, quedaría fuera de la UE y de la zona euro, y su comercio con el exterior se podría ver gravado con los aranceles establecidos por la OMC, una vez admitida en la organización. Además, debería afrontar la posibilidad de que determinadas zonas de su territorio exigieran volver a formar parte de España o incluso formar a su vez otras naciones independientes, aparte de tener que lidiar con un movimiento revolucionario y anti-sistema fortalecido y creciente. Otra posibilidad es negociar un aumento de la autonomía fiscal y aclarar el reparto competencial al alza reformando la Constitución. El problema reside en que hasta ahora, esta forma de “conllevanza orteguiana” no ha servido para evitar la perenne confrontación con parte de la clase política regional. En cualquier caso, lo deseable y casi perentorio es retomar el contacto y el diálogo fluido entre las partes, por lo que una tercera opción podría incluir la formación de un “panel de la concordia”. Podría establecerse un panel de expertos del mundo político y civil que planteen los verdaderos problemas de los ciudadanos en Cataluña y busquen soluciones viables a las mismas, dentro del ordenamiento jurídico y los distintos niveles competenciales, y sin descartar la posibilidad de cambios constitucionales. Ello debería implicar el abandono de las campañas educativas y de comunicación encaminadas a la confrontación o a la elaboración de un relato histórico sesgado, y la búsqueda por ambas partes de la recuperación de los valores europeos más básicos de la diversidad inclusiva y la preferencia por el mañana. Todo esto resulta ya muy difícil, pero no imposible.

Manuel López-Linares es doctor en economía y relaciones internacionales, y autor de Pax Americana.

@mlopezlinares

FUENTE: Expansión, diario económico líder en España. Edición impresa del 02 de octubre del 2017.