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La amenaza de Corea del Norte

La amenaza de Corea del Norte

Corea del Sur produce anualmente un PIB cincuenta veces mayor que su vecino del Norte, con una población tan solo dos veces mayor. Estas magnitudes complican aún más las difíciles relaciones entre ambas naciones, cuyos ciudadanos observan cómo el creciente distanciamiento económico y el consiguiente desequilibrio de poder complica el diálogo entre los gobiernos de dos naciones a las que hace tan solo 70 años no les separaba una tensa y vigiladísima frontera.

Corea se dividió en dos cuando en 1945 Japón, que dominaba toda la península, perdió la II Guerra Mundial y la Unión Soviética aprovechó para invadirla desde el norte, donde compartía frontera. La nación se dividió en dos estados, y cada uno de ellos se convirtió en aliado geopolítico clave de cada una de las dos grandes potencias de la Guerra Fría. En 1950, las tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38 que separaba ambos territorios e iniciaron un conflicto que acabó tres años y más de un millón y medio de muertos después. Firmado un armisticio pero nunca un tratado de paz definitivo, técnicamente la guerra todavía no ha terminado a día de hoy. Y dado que los intentos de acercamiento y posible reunificación no han fructificado pero están latentes, el líder del régimen totalitario y cerrado del Norte percibe, desde su evidente aislamiento y falta de legitimidad, a su vecino del sur como una permanente amenaza contra su persona.

Esa sensación de debilidad y aislamiento, posiblemente unida a la falta de consejo prudente, han llevado a Kim Jon Un a tomar el camino de la provocación habitual mediante el desarrollo de un programa nuclear que en los últimos meses ha molestado especialmente incluso a su último gran aliado: China. El joven líder sabe que su aislamiento y pobreza, junto con un vecino del sur crecientemente dinámico apoyado por Estados Unidos, y una China con intensas relaciones comerciales con estos dos últimos, ponen en peligro su posición personal de poder e incluso la independencia de su país. Por tanto, quizá crea que una amenaza mayor e imprevisible contra la superpotencia occidental podría ayudar a retirarla de la ecuación regional en un futuro, cuando la amenaza nuclear contra los ciudadanos de Estados Unidos sea real.

China, su principal fuente de abastecimiento de hidrocarburos y apoyo internacional, ve sin embargo cómo las provocaciones norcoreanas por el momento atraen una mayor atención norteamericana, y pueden llegar a producir un incremento significativo de la presencia y capacidades bélicas estadounidenses en su patio trasero. Pekín también soporta ahora la presión del presidente Trump, que ha dejado caer la amenaza irrealizable de cortar relaciones comerciales con la propia China si ésta no actúa y sanciona económicamente al régimen de Pyonyang. Pero China es consciente de que la capacidad de aguante de la penuria económica por parte de Corea del Norte es inmensa y, en caso de un agravamiento de la situación o incluso de una guerra, el problema lo tendría que acabar asumiendo en gran medida la propia China. Por otro lado, en Pekín tampoco quieren un triunfo total de Estados Unidos o de Corea del Sur, tan cerca geográficamente de sus propios intereses. Por lo que el actor clave en esta crisis está preparado para mantener el statu quo actual sin debilitar demasiado a Corea del Norte, aunque a la vez pretenda que Pyonyang renuncie a un programa bélico termonuclear que dotaría de un inmenso poder destructivo a un socio muy poco fiable.

La solución al conflicto no resulta sencilla. Corea del Norte tiene miles de misiles apuntando hacia Seul, y una guerra dañaría a las dos Coreas de forma irreparable, por lo que se debe evitar la intervención armada. La única salida aparente es por tanto entablar un diálogo con Corea del Norte en el que se le ofrezcan garantías de no intervención en su país y otros incentivos, a cambio de renunciar a continuar el desarrollo de sus misiles balísticos y la capacidad de sus bombas nucleares. La esencial participación de China en dichas conversaciones quizá podría permitir lograr un acuerdo como el que obtuvo Bill Clinton en 1994, pero que en 2002 se desactivó por la actitud de su sucesor en el cargo, que incluyó a Corea del Norte en un “eje del mal” internacional de tres miembros, e impulsó una confrontación dialéctica creciente y similar a la que vivimos hoy.

Manuel López-Linares es doctor en economía y relaciones internacionales, y autor de Pax Americana.

@mlopezlinares

FUENTE: Expansión, diario económico líder en España. Edición impresa del 14 de septiembre del 2017.