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La doctrina Trump de política exterior

La doctrina Trump de política exterior

Es muy habitual escuchar que la política exterior de Donald Trump es una anomalía inesperada y resulta inclasificable entre todas las tradiciones ideológicas de la historia estadounidense. Nociones como “la Doctrina de la Retirada”, o “leaving from behind” (abandonando desde atrás, en contraposición a “leading (liderando) from behind” tratan de explicar el comportamiento aparentemente caótico e impredecible de cara al exterior del Presidente de Estados Unidos. Sin embargo, académicos como Walter Russell Mead llevan muchos años analizando los principales enfoques norteamericanos en relaciones internacionales, y éstos pueden ayudar a clarificar la política que se implementa hoy. Mead clasifica estas tradiciones en cuatro corrientes: Jeffersonianismo, Hamiltonianismo, Wilsonianismo, y Jacksonianismo. A ésta última le otorga el nombre de Andrew Jackson, presidente entre 1829 y 1837, y cuyo retrato al óleo comenzó a ocupar un lugar destacado del Despacho Oval desde el 20 de enero de 2017, fecha en que Donald Trump tomó posesión de su cargo.

Según Mead, la corriente Jacksoniana siempre ha sido muy influyente de cara a la formación de la opinión pública en Estados Unidos y, aunque apenas ha estado representada en los medios de comunicación o en la universidad, ha contado con figuras de relevancia en el Congreso e incluso en la Casa Blanca: Truman, Nixon o Reagan conectaron con ella. Se trata de una corriente popular más que intelectual, y procede de las vivencias de los primeros pobladores protestantes británicos, especialmente escoceses, que se desplazaron desde su país natal para vivir en las colonias del Medio Oeste y el Sur. Ahora teóricamente menos exigentes en la cuestión racial, se han caracterizado en el pasado por su visión nativista y anti-inmigración.  Sospechosos de las élites y del poder federal, consideran que su ansiada libertad no la garantiza tanto la primera enmienda de la Constitución (libertad de expresión, de prensa, de religión) sino la segunda (derecho a portar armas), imprescindible para una vida de constante riesgo en la frontera. El concepto del honor juega un papel clave en su vida diaria y, en especial, el respeto a los símbolos. Partidarios del gasto generoso con cargo a crédito y a la deuda, respaldan políticas monetarias poco estrictas. Finalmente, explica Mead, llevan a gala un ferviente apoyo a sus fuerzas armadas. Algunas de estas ideas resuenan en eventos recientes como la campaña presidencial en contra de las protestas en la liga de fútbol americano por supuesta violencia racial de la policía, los pasados desencuentros con Janet Yellen de la Reserva Federal, o el nombramiento de militares para puestos clave del gobierno tales como el Jefe de Gabinete, el ministro de Defensa, o el Asesor Nacional de Seguridad, que tradicionalmente ocupaban civiles.

En política exterior, la corriente Jacksoniana interpreta la realidad bajo el prisma exclusivo del interés nacional. Bajo apariencia de aislacionismo, en realidad es muy favorable a guerras preventivas y ataques sin límite, si ello resultase necesario para defender sus intereses: “destruiríamos totalmente Corea del Norte”, aseguraba Trump en fechas recientes ante la Asamblea General de la ONU. Esos intereses nacionales a defender con fuerza ilimitada incluyen, según Mead, la explotación de recursos naturales: “Debíamos habernos quedado con el petróleo de Irak”, afirmaba Trump en la sede de la CIA el 21 de enero de este año. Sin embargo, la corriente Jacksoniana no le ve sentido a la cooperación internacional o al multilateralismo. En concordancia con la visión de la vida de los primeros colonos, es pesimista respecto a la naturaleza humana y el mundo material y, por tanto, considera un gasto inútil trabajar o invertir a favor de una economía global integrada, o un orden internacional justo. Busca privilegios para sus exportaciones, pero pretende restringir con reglas distintas las ventas en América procedentes del exterior. Toda esta teoría resuena hoy de nuevo la postura del presidente Trump en cuestiones como el Tratado de París contra el cambio climático, la reducción del presupuesto de cooperación del Departamento de Estado, la queja por las contribuciones al presupuesto de la ONU o los gastos de la OTAN, la foto con Nigel Farage en noviembre de 2016, la falta de apoyo al acuerdo nuclear con Irán, o las crecientes dudas en las renegociaciones del NAFTA (TLCAN).

Según Mead, los Jacksonianos son pre-milenaristas. Consideran que la Historia acabará en catástrofe, y temen la aparición apocalíptica de una figura política que aparente apoyar la paz, pero que en realidad lidere una conspiración internacional para acabar con las libertades de los estadounidenses; al respecto conviene recordar el último y polémico vídeo de la campaña electoral de Trump. Muy dados a buscar centros geográficos donde encontrar las “fuentes del Mal” en un universo dual, Mead estaría quizá de acuerdo en que, tras haberlos localizado inicialmente en el Vaticano y después en Moscú, actualmente los sitúan en Teherán o La Meca, con una sucursal en Pyongyang. No parece pues que haya improvisación o imprevisibilidad. Muy al contrario, Donald Trump está siguiendo el viejo guión de Andrew Jackson al pie de la letra.

Manuel López-Linares es doctor en economía y relaciones internacionales, y autor de Pax Americana.

@mlopezlinares

FUENTE: Expansión, diario económico líder en España. Edición impresa del 31, de octubre, del 2017.