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Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

El nacionalismo se manifiesta con fuerza en Europa en la segunda mitad del siglo XIX mediante la unión de regiones o antiguos reinos, y su transformación en nuevas entidades políticas de mayor extensión geográfica. Las regiones agrupadas que formaban las nuevas naciones compartían generalmente rasgos históricos y culturales debido, entre otras razones, a su cercanía geográfica. Así surgieron Alemania o Italia. Pero el término también se aplica a la ideología que destaca el apego a la propia tierra a costa del desprecio por el extranjero, aunque este es un fenómeno político en claro retroceso en el siglo XXI, con la excepción del rebrote surgido en simbiosis al fenómeno populista en algunos lugares de Europa y América en los últimos años. Este nacionalismo resulta especialmente anacrónico, dado que busca recuperar la preeminencia de un sistema de naciones-estado que surge de manera oficial en Westfalia en 1648, pero que de forma natural se diluyó en algunos aspectos tras la Segunda Guerra Mundial para dar paso a un sistema de colaboración más estrecha entre naciones. Esta evolución en el sistema político internacional surgido en 1945 buscaba la consecución de ciertos fines comunes a todos los estados involucrados, tales como la paz, la autodeterminación de los pueblos colonizados, y el desarrollo económico.