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Hace tan solo unos días tuvo lugar en Nueva York la 72a Asamblea General de Naciones Unidas, y los delegados de cada país miembro pudieron comprobar cómo el Presidente de Estados Unidos elegía pronunciar, en su primera intervención en dicha sede, un discurso más propio del periodo de entreguerras mundiales que del posterior al mismo. Trump enfatizó el retorno a la soberanía plena de los estados y el interés nacional, precisamente ante la principal organización que Estados Unidos y sus aliados impulsaron en 1945 con el fin de alcanzar una colaboración interestatal más estrecha y lograr dejar atrás las guerras entre naciones desarrolladas y la explotación de los pueblos más pobres del planeta.

El orden global creado y liderado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial buscó desde sus inicios mantener la paz y la prosperidad por medio de la cooperación multilateral y la promoción de la libertad, tanto política como económica. La esencia del nuevo sistema era el comercio mundial. Se trataba de lograr el aumento de los flujos de bienes y servicios entre países mediante el descenso de las barreras fronterizas y la estabilidad de los tipos de cambio entre divisas. Para tal fin fueron creados el FMI, el Banco Mundial, y los acuerdos sobre reducción de aranceles que dieron lugar a la OMC. El esquema planteado en Bretton Woods era acertado y, a pesar de las adaptaciones que ha necesitado, ha sido la plataforma desde la que gran parte de la humanidad ha logrado despegar y obtener elevadas cotas de crecimiento económico sostenido y seguridad.

La caída de Roma se debió, según el recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, a la combinación de tres causas principales: la decadencia moral de sus élites rectoras, la hiperinflación producida por los grandes déficits de gasto público financiados mediante creación de moneda, y el excesivo tamaño alcanzado por los territorios gestionados desde la metrópoli. En el caso de los Estados Unidos, ninguna de estas causas ha cobrado la suficiente fuerza como para debilitar su poder desde el comienzo de su liderazgo mundial, si bien durante los mandatos de algunos de sus presidentes parecía que un cuarto factor diferente sí podría acabar suponiendo el derrumbamiento definitivo: la acumulación de intervenciones bélicas o encubiertas de aparente signo egoísta en un creciente número de países.

Resultan inexplicables la crueldad y la torpeza de Bachar el Asad al autorizar la utilización de gas sarín en los bombardeos de su aviación el pasado martes. Tras el otro ataque con agentes químicos perpetrado en 2013 y la posterior negociación con el presidente Obama para proceder a deshacerse de su arsenal, el gobierno sirio no había vulnerado nunca la tregua en el uso de estas armas. Asad ha sido muy torpe, porque la opción de su permanencia al frente del gobierno había ganado enteros de forma paulatina entre la mayor parte de las potencias involucradas en el conflicto, incluido Estados Unidos. El presidente Trump apoyó repetidamente en su campaña electoral la opción de no atacar a El Asad y centrarse en derrotar al enemigo común: el ejército terrorista del DAESH. Por tanto, la acción del dirigente sirio solamente se entiende si se mira a través del espeso velo de ceguera que el odio y la violencia desatan en la guerra.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.

El presidente de los Estados Unidos leyó la tarde del martes su primer discurso ante el Congreso, reunido en sesión conjunta de ambas cámaras. El tono presidencial y algo más conciliador que ya había desplegado el día de su inauguración como presidente no hizo que cambiara un ápice su diagnosis acerca de una realidad sombría y hostil, ni tampoco sus recetas nacionalistas y unilaterales para proteger a su país y sacarle de la supuesta ruina económica y moral.

La burbuja financiera estadounidense de los años veinte, alimentada por la ausencia de un marco regulatorio adecuado frente a la especulación, estalló con el “crash” del 24 de octubre de 1929. La reacción del gobierno al desmoronamiento de las cotizaciones bursátiles con un aumento de medidas proteccionistas para intentar mejorar su balanza comercial, y la subida radical de impuestos para financiar obra pública, se añadieron al error del Banco Central de aplicar una política monetaria restrictiva. Estas medidas combinadas desencadenaron la más profunda recesión económica de la Historia contemporánea.

“Compra estadounidense y contrata estadounidense”, la frase pronunciada por Trump el 20 de enero en su discurso inaugural, fue toda una declaración de intenciones. Dicen que el texto lo escribió Steve Bannon, su asesor principal e ideólogo de cabecera. El mensaje es inequívoco y además muy coherente con las ideas de un Bannon que se define a sí mismo como “nacionalista económico”.

Donald Trump asume la presidencia de los Estados Unidos con una economía muy recuperada: el crecimiento del tercer trimestre anualizado alcanzó el 3,2%, y la tasa de desempleo cayó en noviembre hasta el 4,6%. Sin embrago, si quiere optar a la reelección, Trump deberá afrontar con solvencia el grave problema de la creciente desigualdad y el estancamiento de las clases medias.