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Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

Hace tan solo unos días tuvo lugar en Nueva York la 72a Asamblea General de Naciones Unidas, y los delegados de cada país miembro pudieron comprobar cómo el Presidente de Estados Unidos elegía pronunciar, en su primera intervención en dicha sede, un discurso más propio del periodo de entreguerras mundiales que del posterior al mismo. Trump enfatizó el retorno a la soberanía plena de los estados y el interés nacional, precisamente ante la principal organización que Estados Unidos y sus aliados impulsaron en 1945 con el fin de alcanzar una colaboración interestatal más estrecha y lograr dejar atrás las guerras entre naciones desarrolladas y la explotación de los pueblos más pobres del planeta.

Cuando Theresa May convocó elecciones generales hace menos de dos meses, las encuestas le otorgaban a su partido más de veinte puntos porcentuales de intención de voto por encima del Labour Party, y parecía que la apuesta garantizaba una victoria con mayoría absoluta y alrededor de 100 escaños más que el partido liderado por Jeremy Corbyn. Sin embargo, la diferencia final de votos entre ambos partidos ha sido de apenas dos puntos (42,4% frente al 40,0%), que se traducen en 57 escaños de distancia por el efecto de desproporción que genera el sistema político mayoritario británico. Sin mayoría conservadora suficiente, el nombramiento de May como primera ministra y la gobernabilidad la pueden aportar los 10 diputados electos del Partido Unionista de Irlanda del Norte, aunque la decisión más coherente para May sería la dimisión.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.