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La presión sobre David Cameron para forzar la salida de la Unión Europea aumentó a medida que la situación económica en Reino Unido empeoraba. La crisis de deuda de 2008 obligó a realizar intensos ajustes presupuestarios que, combinados con la deslocalización de algunas industrias y los cambios en el mercado de trabajo introducidos por la revolución tecnológica, permitieron la propagación de propuestas políticas de corte populista que pretendían dar solución a la crisis y paliar la creciente desigualdad social. Recobraron entonces protagonismo político conceptos identitarios hasta entonces marginales que, elaborados y manipulados por políticos nacionalistas, fueron aprovechados durante la crisis de refugiados de Oriente Medio de 2015 para acabar de convencer a una mayoría de británicos de que vivirían mejor fuera de la Unión. La recuperación plena de su soberanía nacional era, según ellos, la solución a todos sus problemas. Con ella dispondrían plenamente de sus propios recursos económicos, y cerrarían sus fronteras a los extranjeros, que ya servían de chivo expiatorio en un discurso cada vez más xenófobo.

El nacionalismo se manifiesta con fuerza en Europa en la segunda mitad del siglo XIX mediante la unión de regiones o antiguos reinos, y su transformación en nuevas entidades políticas de mayor extensión geográfica. Las regiones agrupadas que formaban las nuevas naciones compartían generalmente rasgos históricos y culturales debido, entre otras razones, a su cercanía geográfica. Así surgieron Alemania o Italia. Pero el término también se aplica a la ideología que destaca el apego a la propia tierra a costa del desprecio por el extranjero, aunque este es un fenómeno político en claro retroceso en el siglo XXI, con la excepción del rebrote surgido en simbiosis al fenómeno populista en algunos lugares de Europa y América en los últimos años. Este nacionalismo resulta especialmente anacrónico, dado que busca recuperar la preeminencia de un sistema de naciones-estado que surge de manera oficial en Westfalia en 1648, pero que de forma natural se diluyó en algunos aspectos tras la Segunda Guerra Mundial para dar paso a un sistema de colaboración más estrecha entre naciones. Esta evolución en el sistema político internacional surgido en 1945 buscaba la consecución de ciertos fines comunes a todos los estados involucrados, tales como la paz, la autodeterminación de los pueblos colonizados, y el desarrollo económico.

Cuando Theresa May convocó elecciones generales hace menos de dos meses, las encuestas le otorgaban a su partido más de veinte puntos porcentuales de intención de voto por encima del Labour Party, y parecía que la apuesta garantizaba una victoria con mayoría absoluta y alrededor de 100 escaños más que el partido liderado por Jeremy Corbyn. Sin embargo, la diferencia final de votos entre ambos partidos ha sido de apenas dos puntos (42,4% frente al 40,0%), que se traducen en 57 escaños de distancia por el efecto de desproporción que genera el sistema político mayoritario británico. Sin mayoría conservadora suficiente, el nombramiento de May como primera ministra y la gobernabilidad la pueden aportar los 10 diputados electos del Partido Unionista de Irlanda del Norte, aunque la decisión más coherente para May sería la dimisión.

El recuento parcial de esta segunda vuelta otorga a Marine Le Pen un 37% de los votos. Si eliminamos el efecto favorable que le ha producido la abstención, considerando en el cálculo el número total de papeletas emitidas en la primera vuelta, su porcentaje real de apoyo entre los votantes disminuye hasta el 24%. Pero si queremos calibrar la fuerza actual en Francia de los populismos de ambos signos, el porcentaje asciende hasta el 40,6% que obtuvieron ambos Le Pen y Melenchon en la primera vuelta de estas presidenciales. Son cifras elevadas, pero no excesivas si tenemos en cuenta la situación socioeconómica que atraviesa Occidente y el impacto que la misma ha tenido en otros procesos electorales recientes en Europa y Norteamérica.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.

A pesar de que Francia padece problemas económicos y sociales cuyo origen es exclusivamente local, comparte con el resto del mundo occidental una serie de dificultades comunes: elevadas tasas de desempleo juvenil, estancamiento salarial para la mayoría de trabajadores, y futuro económico incierto. La mayor parte de la población sufre esta realidad mientras comprueba cómo el crecimiento económico de los últimos decenios beneficia principalmente a las rentas del capital.  De modo que al igual que en los años 30 del siglo pasado la grave crisis llevó al poder a la extrema derecha y fortaleció a medio plazo a la extrema izquierda, hoy también los partidos políticos que anuncian cambio y soluciones distintas y sencillas ven aumentar su respaldo y llegan incluso a tocar poder, como en los casos de Grecia y Estados Unidos. Y aunque tanto Tsipras como Trump se están viendo reconducidos por la realidad macroeconómica y los balances y contrapesos de su sistema político respectivamente, nadie puede garantizar que si en Francia gana un candidato populista, no sea capaz de sacar adelante su programa electoral.

La primera ministra del Reino Unido pronunció un sólido discurso a favor de la permanencia de su país en la Unión Europea ante banqueros de Goldman Sachs un mes antes del referéndum, cuando todavía era ministra del Interior. Tras aquella reunión privada, su tibia postura pública a favor de la permanencia durante la campaña de David Cameron hizo dudar a sus compañeros de partido de la fidelidad e intenciones de la dirigente. Pocas semanas después, tras la dimisión de Cameron, May se postuló en el proceso electoral interno y se alzó con la jefatura del Gobierno. No cabe duda, May tiene un agudo olfato político. Ella debía saber que no solo existía la posibilidad de que ganase el Brexit, sino que además los votantes de su partido lo apoyan de forma mayoritaria. Y en un sistema político como el británico, más le vale al premier mantener el apoyo de sus bases y de su grupo parlamentario.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.