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Hace tan solo unos días tuvo lugar en Nueva York la 72a Asamblea General de Naciones Unidas, y los delegados de cada país miembro pudieron comprobar cómo el Presidente de Estados Unidos elegía pronunciar, en su primera intervención en dicha sede, un discurso más propio del periodo de entreguerras mundiales que del posterior al mismo. Trump enfatizó el retorno a la soberanía plena de los estados y el interés nacional, precisamente ante la principal organización que Estados Unidos y sus aliados impulsaron en 1945 con el fin de alcanzar una colaboración interestatal más estrecha y lograr dejar atrás las guerras entre naciones desarrolladas y la explotación de los pueblos más pobres del planeta.

La caída de Roma se debió, según el recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, a la combinación de tres causas principales: la decadencia moral de sus élites rectoras, la hiperinflación producida por los grandes déficits de gasto público financiados mediante creación de moneda, y el excesivo tamaño alcanzado por los territorios gestionados desde la metrópoli. En el caso de los Estados Unidos, ninguna de estas causas ha cobrado la suficiente fuerza como para debilitar su poder desde el comienzo de su liderazgo mundial, si bien durante los mandatos de algunos de sus presidentes parecía que un cuarto factor diferente sí podría acabar suponiendo el derrumbamiento definitivo: la acumulación de intervenciones bélicas o encubiertas de aparente signo egoísta en un creciente número de países.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.