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Es muy habitual escuchar que la política exterior de Donald Trump es una anomalía inesperada y resulta inclasificable entre todas las tradiciones ideológicas de la historia estadounidense. Nociones como “la Doctrina de la Retirada”, o “leaving from behind” (abandonando desde atrás, en contraposición a “leading (liderando) from behind” tratan de explicar el comportamiento aparentemente caótico e impredecible de cara al exterior del Presidente de Estados Unidos. Sin embargo, académicos como Walter Russell Mead llevan muchos años analizando los principales enfoques norteamericanos en relaciones internacionales, y éstos pueden ayudar a clarificar la política que se implementa hoy. Mead clasifica estas tradiciones en cuatro corrientes: Jeffersonianismo, Hamiltonianismo, Wilsonianismo, y Jacksonianismo. A ésta última le otorga el nombre de Andrew Jackson, presidente entre 1829 y 1837, y cuyo retrato al óleo comenzó a ocupar un lugar destacado del Despacho Oval desde el 20 de enero de 2017, fecha en que Donald Trump tomó posesión de su cargo.

La caída de Roma se debió, según el recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, a la combinación de tres causas principales: la decadencia moral de sus élites rectoras, la hiperinflación producida por los grandes déficits de gasto público financiados mediante creación de moneda, y el excesivo tamaño alcanzado por los territorios gestionados desde la metrópoli. En el caso de los Estados Unidos, ninguna de estas causas ha cobrado la suficiente fuerza como para debilitar su poder desde el comienzo de su liderazgo mundial, si bien durante los mandatos de algunos de sus presidentes parecía que un cuarto factor diferente sí podría acabar suponiendo el derrumbamiento definitivo: la acumulación de intervenciones bélicas o encubiertas de aparente signo egoísta en un creciente número de países.

El recuento parcial de esta segunda vuelta otorga a Marine Le Pen un 37% de los votos. Si eliminamos el efecto favorable que le ha producido la abstención, considerando en el cálculo el número total de papeletas emitidas en la primera vuelta, su porcentaje real de apoyo entre los votantes disminuye hasta el 24%. Pero si queremos calibrar la fuerza actual en Francia de los populismos de ambos signos, el porcentaje asciende hasta el 40,6% que obtuvieron ambos Le Pen y Melenchon en la primera vuelta de estas presidenciales. Son cifras elevadas, pero no excesivas si tenemos en cuenta la situación socioeconómica que atraviesa Occidente y el impacto que la misma ha tenido en otros procesos electorales recientes en Europa y Norteamérica.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.