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Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

El recuento parcial de esta segunda vuelta otorga a Marine Le Pen un 37% de los votos. Si eliminamos el efecto favorable que le ha producido la abstención, considerando en el cálculo el número total de papeletas emitidas en la primera vuelta, su porcentaje real de apoyo entre los votantes disminuye hasta el 24%. Pero si queremos calibrar la fuerza actual en Francia de los populismos de ambos signos, el porcentaje asciende hasta el 40,6% que obtuvieron ambos Le Pen y Melenchon en la primera vuelta de estas presidenciales. Son cifras elevadas, pero no excesivas si tenemos en cuenta la situación socioeconómica que atraviesa Occidente y el impacto que la misma ha tenido en otros procesos electorales recientes en Europa y Norteamérica.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.

Resultan inexplicables la crueldad y la torpeza de Bachar el Asad al autorizar la utilización de gas sarín en los bombardeos de su aviación el pasado martes. Tras el otro ataque con agentes químicos perpetrado en 2013 y la posterior negociación con el presidente Obama para proceder a deshacerse de su arsenal, el gobierno sirio no había vulnerado nunca la tregua en el uso de estas armas. Asad ha sido muy torpe, porque la opción de su permanencia al frente del gobierno había ganado enteros de forma paulatina entre la mayor parte de las potencias involucradas en el conflicto, incluido Estados Unidos. El presidente Trump apoyó repetidamente en su campaña electoral la opción de no atacar a El Asad y centrarse en derrotar al enemigo común: el ejército terrorista del DAESH. Por tanto, la acción del dirigente sirio solamente se entiende si se mira a través del espeso velo de ceguera que el odio y la violencia desatan en la guerra.

En mayo de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Reino Unido y Francia acordaron el reparto de Oriente Medio con el beneplácito del Zar de Rusia, socio de ambos en la contienda que mantenían frente a la Triple Alianza.  En previsión de la caída del Imperio Otomano y la consiguiente salida turca de la región, el acuerdo de Sykes-Picot preparaba la división de la zona norte de la península arábiga en dos áreas principales delimitadas por una frontera rectilínea trazada en la arena del desierto.  Francia obtendría el control sobre lo que son ahora el sur de Turquía, Siria, El Líbano, y el norte de Irak.  El Reino Unido obtendría el resto de Irak, Jordania, y gran parte de Israel y los territorios palestinos, que en su zona norte pasarían a control internacional.  Dos años más tarde, a la hora de formalizar el reparto, el primer ministro francés Clemenceau le cedió al premier británico Lloyd George también el norte de Irak.  George lo había reclamado en previsión de las enormes reservas de petróleo que albergaba la zona de Mosul, al norte de Kirkuk.