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Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

América primero, pero los demás también”. Este es el enrevesado mensaje que ha lanzado el presidente de Estados Unidos desde Vietnam en el encuentro de APEC, el foro de cooperación económica Asia Pacífico. Por un lado, Trump mantiene a miles de kilómetros la idea fuerza que convenció a sus votantes y le llevó a la Casa Blanca y, por otro, parece querer ofrecer una explicación racional al resto de líderes mundiales acerca de por qué es compatible su visión nacionalista con una creciente colaboración internacional, incluso en cuestiones económicas. Esta es la base de su propuesta comercial: no queremos acuerdos multilaterales porque implican reglas comunes y ello afectaría negativamente a sectores económicos nacionales no competitivos; buscamos negociar acuerdos bilaterales para proteger al máximo nuestras industrias más débiles, y ustedes pueden hacer lo mismo.

En mayo de 1916, durante la Primera Guerra Mundial, Reino Unido y Francia acordaron el reparto de Oriente Medio con el beneplácito del Zar de Rusia, socio de ambos en la contienda que mantenían frente a la Triple Alianza.  En previsión de la caída del Imperio Otomano y la consiguiente salida turca de la región, el acuerdo de Sykes-Picot preparaba la división de la zona norte de la península arábiga en dos áreas principales delimitadas por una frontera rectilínea trazada en la arena del desierto.  Francia obtendría el control sobre lo que son ahora el sur de Turquía, Siria, El Líbano, y el norte de Irak.  El Reino Unido obtendría el resto de Irak, Jordania, y gran parte de Israel y los territorios palestinos, que en su zona norte pasarían a control internacional.  Dos años más tarde, a la hora de formalizar el reparto, el primer ministro francés Clemenceau le cedió al premier británico Lloyd George también el norte de Irak.  George lo había reclamado en previsión de las enormes reservas de petróleo que albergaba la zona de Mosul, al norte de Kirkuk.