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La presión sobre David Cameron para forzar la salida de la Unión Europea aumentó a medida que la situación económica en Reino Unido empeoraba. La crisis de deuda de 2008 obligó a realizar intensos ajustes presupuestarios que, combinados con la deslocalización de algunas industrias y los cambios en el mercado de trabajo introducidos por la revolución tecnológica, permitieron la propagación de propuestas políticas de corte populista que pretendían dar solución a la crisis y paliar la creciente desigualdad social. Recobraron entonces protagonismo político conceptos identitarios hasta entonces marginales que, elaborados y manipulados por políticos nacionalistas, fueron aprovechados durante la crisis de refugiados de Oriente Medio de 2015 para acabar de convencer a una mayoría de británicos de que vivirían mejor fuera de la Unión. La recuperación plena de su soberanía nacional era, según ellos, la solución a todos sus problemas. Con ella dispondrían plenamente de sus propios recursos económicos, y cerrarían sus fronteras a los extranjeros, que ya servían de chivo expiatorio en un discurso cada vez más xenófobo.

Cuando Theresa May convocó elecciones generales hace menos de dos meses, las encuestas le otorgaban a su partido más de veinte puntos porcentuales de intención de voto por encima del Labour Party, y parecía que la apuesta garantizaba una victoria con mayoría absoluta y alrededor de 100 escaños más que el partido liderado por Jeremy Corbyn. Sin embargo, la diferencia final de votos entre ambos partidos ha sido de apenas dos puntos (42,4% frente al 40,0%), que se traducen en 57 escaños de distancia por el efecto de desproporción que genera el sistema político mayoritario británico. Sin mayoría conservadora suficiente, el nombramiento de May como primera ministra y la gobernabilidad la pueden aportar los 10 diputados electos del Partido Unionista de Irlanda del Norte, aunque la decisión más coherente para May sería la dimisión.

La primera ministra del Reino Unido pronunció un sólido discurso a favor de la permanencia de su país en la Unión Europea ante banqueros de Goldman Sachs un mes antes del referéndum, cuando todavía era ministra del Interior. Tras aquella reunión privada, su tibia postura pública a favor de la permanencia durante la campaña de David Cameron hizo dudar a sus compañeros de partido de la fidelidad e intenciones de la dirigente. Pocas semanas después, tras la dimisión de Cameron, May se postuló en el proceso electoral interno y se alzó con la jefatura del Gobierno. No cabe duda, May tiene un agudo olfato político. Ella debía saber que no solo existía la posibilidad de que ganase el Brexit, sino que además los votantes de su partido lo apoyan de forma mayoritaria. Y en un sistema político como el británico, más le vale al premier mantener el apoyo de sus bases y de su grupo parlamentario.

“Compra estadounidense y contrata estadounidense”, la frase pronunciada por Trump el 20 de enero en su discurso inaugural, fue toda una declaración de intenciones. Dicen que el texto lo escribió Steve Bannon, su asesor principal e ideólogo de cabecera. El mensaje es inequívoco y además muy coherente con las ideas de un Bannon que se define a sí mismo como “nacionalista económico”.