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Hace pocos días que el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos hizo testificar a dirigentes de Facebook, Twitter y Google en relación al uso de sus redes por parte de entidades extranjeras. “¿Son ustedes conscientes del uso masivo que han dado a sus plataformas desde Rusia para influir en las elecciones generales en Francia, en Alemania, y ahora en el intento de separación en Cataluña?” Los senadores norteamericanos se estaban refiriendo a la propagación masiva de noticias sesgadas y falsas en las redes sociales. Noticias enviadas por medios de comunicación del entorno del Kremlin como RT y Sputnik, y posteriormente reenviadas por miles de cuentas automatizadas y por influencers como Julian Assange, así como por asociados del entorno venezolano chavista. Y mientras la manipulación en la red llegaba a comparar al sistema político español actual con el Franquismo, Putin lanzaba un mensaje público más comedido, aunque finalmente aderezado por una comparación balcánica: “Haber pensado mejor el apoyo a Kosovo”, decía el pasado octubre en referencia “al hermano mayor” - Estados Unidos - y a la gran mayoría de naciones europeas, posicionando de esta forma al conjunto geopolítico occidental como su adversario directo.

América primero, pero los demás también”. Este es el enrevesado mensaje que ha lanzado el presidente de Estados Unidos desde Vietnam en el encuentro de APEC, el foro de cooperación económica Asia Pacífico. Por un lado, Trump mantiene a miles de kilómetros la idea fuerza que convenció a sus votantes y le llevó a la Casa Blanca y, por otro, parece querer ofrecer una explicación racional al resto de líderes mundiales acerca de por qué es compatible su visión nacionalista con una creciente colaboración internacional, incluso en cuestiones económicas. Esta es la base de su propuesta comercial: no queremos acuerdos multilaterales porque implican reglas comunes y ello afectaría negativamente a sectores económicos nacionales no competitivos; buscamos negociar acuerdos bilaterales para proteger al máximo nuestras industrias más débiles, y ustedes pueden hacer lo mismo.

Es muy habitual escuchar que la política exterior de Donald Trump es una anomalía inesperada y resulta inclasificable entre todas las tradiciones ideológicas de la historia estadounidense. Nociones como “la Doctrina de la Retirada”, o “leaving from behind” (abandonando desde atrás, en contraposición a “leading (liderando) from behind” tratan de explicar el comportamiento aparentemente caótico e impredecible de cara al exterior del Presidente de Estados Unidos. Sin embargo, académicos como Walter Russell Mead llevan muchos años analizando los principales enfoques norteamericanos en relaciones internacionales, y éstos pueden ayudar a clarificar la política que se implementa hoy. Mead clasifica estas tradiciones en cuatro corrientes: Jeffersonianismo, Hamiltonianismo, Wilsonianismo, y Jacksonianismo. A ésta última le otorga el nombre de Andrew Jackson, presidente entre 1829 y 1837, y cuyo retrato al óleo comenzó a ocupar un lugar destacado del Despacho Oval desde el 20 de enero de 2017, fecha en que Donald Trump tomó posesión de su cargo.

Hace tan solo unos días tuvo lugar en Nueva York la 72a Asamblea General de Naciones Unidas, y los delegados de cada país miembro pudieron comprobar cómo el Presidente de Estados Unidos elegía pronunciar, en su primera intervención en dicha sede, un discurso más propio del periodo de entreguerras mundiales que del posterior al mismo. Trump enfatizó el retorno a la soberanía plena de los estados y el interés nacional, precisamente ante la principal organización que Estados Unidos y sus aliados impulsaron en 1945 con el fin de alcanzar una colaboración interestatal más estrecha y lograr dejar atrás las guerras entre naciones desarrolladas y la explotación de los pueblos más pobres del planeta.

Corea del Sur produce anualmente un PIB cincuenta veces mayor que su vecino del Norte, con una población tan solo dos veces mayor. Estas magnitudes complican aún más las difíciles relaciones entre ambas naciones, cuyos ciudadanos observan cómo el creciente distanciamiento económico y el consiguiente...

El orden global creado y liderado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial buscó desde sus inicios mantener la paz y la prosperidad por medio de la cooperación multilateral y la promoción de la libertad, tanto política como económica. La esencia del nuevo sistema era el comercio mundial. Se trataba de lograr el aumento de los flujos de bienes y servicios entre países mediante el descenso de las barreras fronterizas y la estabilidad de los tipos de cambio entre divisas. Para tal fin fueron creados el FMI, el Banco Mundial, y los acuerdos sobre reducción de aranceles que dieron lugar a la OMC. El esquema planteado en Bretton Woods era acertado y, a pesar de las adaptaciones que ha necesitado, ha sido la plataforma desde la que gran parte de la humanidad ha logrado despegar y obtener elevadas cotas de crecimiento económico sostenido y seguridad.

La caída de Roma se debió, según el recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, a la combinación de tres causas principales: la decadencia moral de sus élites rectoras, la hiperinflación producida por los grandes déficits de gasto público financiados mediante creación de moneda, y el excesivo tamaño alcanzado por los territorios gestionados desde la metrópoli. En el caso de los Estados Unidos, ninguna de estas causas ha cobrado la suficiente fuerza como para debilitar su poder desde el comienzo de su liderazgo mundial, si bien durante los mandatos de algunos de sus presidentes parecía que un cuarto factor diferente sí podría acabar suponiendo el derrumbamiento definitivo: la acumulación de intervenciones bélicas o encubiertas de aparente signo egoísta en un creciente número de países.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.

Resultan inexplicables la crueldad y la torpeza de Bachar el Asad al autorizar la utilización de gas sarín en los bombardeos de su aviación el pasado martes. Tras el otro ataque con agentes químicos perpetrado en 2013 y la posterior negociación con el presidente Obama para proceder a deshacerse de su arsenal, el gobierno sirio no había vulnerado nunca la tregua en el uso de estas armas. Asad ha sido muy torpe, porque la opción de su permanencia al frente del gobierno había ganado enteros de forma paulatina entre la mayor parte de las potencias involucradas en el conflicto, incluido Estados Unidos. El presidente Trump apoyó repetidamente en su campaña electoral la opción de no atacar a El Asad y centrarse en derrotar al enemigo común: el ejército terrorista del DAESH. Por tanto, la acción del dirigente sirio solamente se entiende si se mira a través del espeso velo de ceguera que el odio y la violencia desatan en la guerra.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.