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Un Bréxit sin Bréxit

Un Bréxit sin Bréxit

La presión sobre David Cameron para forzar la salida de la Unión Europea aumentó a medida que la situación económica en Reino Unido empeoraba. La crisis de deuda de 2008 obligó a realizar intensos ajustes presupuestarios que, combinados con la deslocalización de algunas industrias y los cambios en el mercado de trabajo introducidos por la revolución tecnológica, permitieron la propagación de propuestas políticas de corte populista que pretendían dar solución a la crisis y paliar la creciente desigualdad social. Recobraron entonces protagonismo político conceptos identitarios hasta entonces marginales que, elaborados y manipulados por políticos nacionalistas, fueron aprovechados durante la crisis de refugiados de Oriente Medio de 2015 para acabar de convencer a una mayoría de británicos de que vivirían mejor fuera de la Unión. La recuperación plena de su soberanía nacional era, según ellos, la solución a todos sus problemas. Con ella dispondrían plenamente de sus propios recursos económicos, y cerrarían sus fronteras a los extranjeros, que ya servían de chivo expiatorio en un discurso cada vez más xenófobo.

La primera ministra Theresa May no compartía ese enfoque excluyente, pero era consciente de que una mayoría de la base social del partido conservador sí lo hacía. Si quería mantenerse en el cargo tenía que apostar por el Brexit, aunque racionalmente considerase que dejar la Unión constituía un grave error. En un escenario ideal ella hubiera deseado que fuera posible el “cherry picking”, aceptando solamente las condiciones más ventajosas de pertenecer al mercado único, y rechazando elementos tales como la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la UE o las cesiones de soberanía en política económica y migratoria. Pero dado que eso no era posible, y que además es la Unión Europea la que se encuentra en situación de mayor fortaleza negociadora, su pragmatismo le ha llevado a claudicar en sus posiciones para acabar aceptando unos términos que perjudican menos a Reino Unido que una salida a las bravas de la Unión. Atrás quedan pues sus negativas a hablar de la factura de la ruptura, o su disposición a cerrar las fronteras al comercio o dejar de depender de la legislación europea. Y atrás queda también su pretensión de negociar “entre iguales”, para pasar a aceptar el esquema y los plazos que ha planteado el negociador delegado de la Comisión Europea, Michel Barnier.

May podría haber intentado explicar a sus conciudadanos que los beneficios que obtienen por pertenecer a la Unión Europea exceden sobradamente a los inconvenientes, pero eligió mimetizarse con la facción euroescéptica y jugar a “es mejor que no haya acuerdo a un mal acuerdo”. La primera opción le hubiera permitido actuar todos estos meses con naturalidad y coherencia, pero también es cierto que la mayor parte de su gabinete ha aterrizado ya en la dura realidad y le está prestando el apoyo que, tras el resultado del primer preacuerdo, muchos euroescépticos le podrían haber negado. Porque el haber claudicado en gran medida en sus posiciones públicas podría haberle acarreado una censura inmediata por parte de varios ministros, pero todos han cerrado filas para darle la enhorabuena por el resultado. “Jugábamos a brexiters duros, pero somos conscientes de que cuanto más leve sea la ruptura con Europa, menos nos perjudicará”, parecen querer admitir finalmente muchos de ellos.

Así que aparte de aceptar la factura de al menos 40.000 millones de euros y de garantizar los derechos de los ciudadanos no británicos de la UE en Reino Unido, las cesiones de May en relación a la frontera con Irlanda muestran una predisposición constructiva, antagónica a su discurso oficial. Porque una frontera invisible y el alineamiento con el entorno regulatorio europeo a falta de otro acuerdo más concreto, implican que Reino Unido es consciente de que el libre comercio con sus vecinos beneficia a ambos hasta tal punto que merece la pena seguir cediendo soberanía regulatoria, incluso cuando ya no podrán participar en su proceso de elaboración.

Y esta es la perspectiva para la segunda fase de conversaciones. Un Reino Unido que acepta la integración en el mercado único europeo en su frontera terrestre difícilmente puede conciliarse con un rechazo a ese mercado por otras vías. Mantener las líneas rojas e impedir la libre circulación de personas en otros puntos de entrada sería una inconsistencia difícil de sostener, por lo que un tratado al estilo del firmado con Canadá, que podría llegar a limitar la exportación británica de servicios, no parece encajar con el espíritu del preacuerdo alcanzado. La actitud mostrada por May en las últimas semanas permite confiar en alcanzar rubricar un tratado de libre comercio que incluya a las personas y equivalga a la pertenencia al mercado único, aunque finalmente sea vestido con los ropajes de los tratados con Suiza y prohíba el acceso a extranjeros en situaciones de emergencia. De ese modo May podrá proseguir con la pose antieuropea que ofrece internamente y a la vez salvar todas las exportaciones británicas.

Manuel López-Linares es autor de Pax Americana.

@mlopezlinares

FUENTE: Expansión, diario económico líder en España. Edición impresa del 13 de diciembre del 2017.