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Actualidad

Cuando Theresa May convocó elecciones generales hace menos de dos meses, las encuestas le otorgaban a su partido más de veinte puntos porcentuales de intención de voto por encima del Labour Party, y parecía que la apuesta garantizaba una victoria con mayoría absoluta y alrededor de 100 escaños más que el partido liderado por Jeremy Corbyn. Sin embargo, la diferencia final de votos entre ambos partidos ha sido de apenas dos puntos (42,4% frente al 40,0%), que se traducen en 57 escaños de distancia por el efecto de desproporción que genera el sistema político mayoritario británico. Sin mayoría conservadora suficiente, el nombramiento de May como primera ministra y la gobernabilidad la pueden aportar los 10 diputados electos del Partido Unionista de Irlanda del Norte, aunque la decisión más coherente para May sería la dimisión.

La caída de Roma se debió, según el recientemente fallecido Zbigniew Brzezinski, a la combinación de tres causas principales: la decadencia moral de sus élites rectoras, la hiperinflación producida por los grandes déficits de gasto público financiados mediante creación de moneda, y el excesivo tamaño alcanzado por los territorios gestionados desde la metrópoli. En el caso de los Estados Unidos, ninguna de estas causas ha cobrado la suficiente fuerza como para debilitar su poder desde el comienzo de su liderazgo mundial, si bien durante los mandatos de algunos de sus presidentes parecía que un cuarto factor diferente sí podría acabar suponiendo el derrumbamiento definitivo: la acumulación de intervenciones bélicas o encubiertas de aparente signo egoísta en un creciente número de países.

El recuento parcial de esta segunda vuelta otorga a Marine Le Pen un 37% de los votos. Si eliminamos el efecto favorable que le ha producido la abstención, considerando en el cálculo el número total de papeletas emitidas en la primera vuelta, su porcentaje real de apoyo entre los votantes disminuye hasta el 24%. Pero si queremos calibrar la fuerza actual en Francia de los populismos de ambos signos, el porcentaje asciende hasta el 40,6% que obtuvieron ambos Le Pen y Melenchon en la primera vuelta de estas presidenciales. Son cifras elevadas, pero no excesivas si tenemos en cuenta la situación socioeconómica que atraviesa Occidente y el impacto que la misma ha tenido en otros procesos electorales recientes en Europa y Norteamérica.

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017 ha estado marcada por el clamor contra las élites que recorre Occidente desde la Gran Recesión. Los niveles de desigualdad y precariedad, aumentados por la revolución tecnológica y el ineficiente marco regulatorio del mercado, se han visto multiplicados en el caso de Francia por los desincentivos al crecimiento de un sistema económico excesivamente estatalizado. Y ha sido esta base la que ha permitido que un segundo factor haya cobrado un protagonismo especial: la inmigración. Cuando existe una crisis profunda, resulta más sencillo emplear con éxito la táctica de culpar a un chivo expiatorio.

A pesar de que Francia padece problemas económicos y sociales cuyo origen es exclusivamente local, comparte con el resto del mundo occidental una serie de dificultades comunes: elevadas tasas de desempleo juvenil, estancamiento salarial para la mayoría de trabajadores, y futuro económico incierto. La mayor parte de la población sufre esta realidad mientras comprueba cómo el crecimiento económico de los últimos decenios beneficia principalmente a las rentas del capital.  De modo que al igual que en los años 30 del siglo pasado la grave crisis llevó al poder a la extrema derecha y fortaleció a medio plazo a la extrema izquierda, hoy también los partidos políticos que anuncian cambio y soluciones distintas y sencillas ven aumentar su respaldo y llegan incluso a tocar poder, como en los casos de Grecia y Estados Unidos. Y aunque tanto Tsipras como Trump se están viendo reconducidos por la realidad macroeconómica y los balances y contrapesos de su sistema político respectivamente, nadie puede garantizar que si en Francia gana un candidato populista, no sea capaz de sacar adelante su programa electoral.

La primera ministra del Reino Unido pronunció un sólido discurso a favor de la permanencia de su país en la Unión Europea ante banqueros de Goldman Sachs un mes antes del referéndum, cuando todavía era ministra del Interior. Tras aquella reunión privada, su tibia postura pública a favor de la permanencia durante la campaña de David Cameron hizo dudar a sus compañeros de partido de la fidelidad e intenciones de la dirigente. Pocas semanas después, tras la dimisión de Cameron, May se postuló en el proceso electoral interno y se alzó con la jefatura del Gobierno. No cabe duda, May tiene un agudo olfato político. Ella debía saber que no solo existía la posibilidad de que ganase el Brexit, sino que además los votantes de su partido lo apoyan de forma mayoritaria. Y en un sistema político como el británico, más le vale al premier mantener el apoyo de sus bases y de su grupo parlamentario.

Resultan inexplicables la crueldad y la torpeza de Bachar el Asad al autorizar la utilización de gas sarín en los bombardeos de su aviación el pasado martes. Tras el otro ataque con agentes químicos perpetrado en 2013 y la posterior negociación con el presidente Obama para proceder a deshacerse de su arsenal, el gobierno sirio no había vulnerado nunca la tregua en el uso de estas armas. Asad ha sido muy torpe, porque la opción de su permanencia al frente del gobierno había ganado enteros de forma paulatina entre la mayor parte de las potencias involucradas en el conflicto, incluido Estados Unidos. El presidente Trump apoyó repetidamente en su campaña electoral la opción de no atacar a El Asad y centrarse en derrotar al enemigo común: el ejército terrorista del DAESH. Por tanto, la acción del dirigente sirio solamente se entiende si se mira a través del espeso velo de ceguera que el odio y la violencia desatan en la guerra.

Cuando en la actualidad hablamos de democracia, no nos referimos al hecho de que los ciudadanos puedan elegir a sus representantes políticos por medio de unas elecciones libres. O al menos, no solamente. El gobierno que emana del pueblo implica un conjunto de resortes adicionales que, combinados, permiten a una sociedad moderna dirigir su propio destino y evitar sufrir los caprichos despóticos de un autócrata. La separación efectiva de poderes, la existencia de una prensa libre y plural, y el imperio de la ley con un ordenamiento jurídico regido por una Carta Magna que reconozca deberes y derechos fundamentales, son elementos imprescindibles en cualquier democracia digna de tal nombre en el siglo XXI. La evolución de los sistemas de organización de las antiguas polis griegas, tras desarrollarse con elementos representativos en las ciudades-estado del norte de la Italia renacentista, desembocaron en arquitecturas políticas democráticas modernas que perviven en las naciones occidentales y en muchos otros estados del mundo desde hace ya decenios, siglos en algún caso.

La visita de Angela Merkel a Washington venía precedida de repetidos desencuentros. Trump había declarado que Merkel estaba “arruinando Alemania” y, más recientemente, que aceptar refugiados de la guerra de Siria era un “error catastrófico”. Merkel tampoco ocultaba sus discrepancias con Trump. Pero los principales líderes del mundo occidental no tenían más remedio que iniciar y escenificar el diálogo constructivo. “No coincidimos en muchas cuestiones, pero vamos a trabajar juntos todo lo posible” era grosso modo el mensaje que ambos querían transmitir. En realidad, sus cosmovisiones son opuestas, y el encuentro escenifica, aunque de forma muy velada, la entrega temporal del liderazgo del orden liberal que el propio Estados Unidos forjó hace 70 años, precisamente tras derrotar a la Alemania nacionalista en la Segunda Guerra Mundial.

El presidente de los Estados Unidos leyó la tarde del martes su primer discurso ante el Congreso, reunido en sesión conjunta de ambas cámaras. El tono presidencial y algo más conciliador que ya había desplegado el día de su inauguración como presidente no hizo que cambiara un ápice su diagnosis acerca de una realidad sombría y hostil, ni tampoco sus recetas nacionalistas y unilaterales para proteger a su país y sacarle de la supuesta ruina económica y moral.